Cómo es comer en Mirazur, uno de los cinco mejores restaurantes del mundo

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Ayer al mediodía fuimos a almorzar a Mirazur -del chef argentino Mauro Colagreco, 2 estrellas Michelin, n°4 del mundo en los 50th Best- en Mentón. Necesité varias horas e irme a dormir para procesar tamaña experiencia, decidí no entregarme al posteo impulsivo durante la comida, sino disfrutar, solo disfrutar.

La reserva la había hecho un mes antes de la entrega de los premios World 50th Best, mi decisión de incluir esto en el viaje de vacaciones estaba tomada desde noviembre. Decidimos parar en Niza, para estar en el medio de dos puntos a visitar: Menton y Saint Paul de Vence, adonde iríamos al día siguiente.

El viaje a Menton en tren desde la Gare Nice-Ville es un sueño, un trayecto de 40 minutos y 11 estaciones bordeando el Mediterráneo con paisajes bucólicos que te dejan sin aliento. La Gare Menton-Garavan nos recibió desierta, desde ahí un kilómetro en subida nos separaba de nuestro destino, la mayor parte por una callecita de ensueño.

Llegamos finalmente a Mirazur, que se encuentra escondido en la curva de la calle. Una hostess, que conocía nuestro idioma de origen, nos esperaba; tomó nuestros abrigos y nos acompañó a la mesa, ubicada estratégicamente en el primer piso frente a los ventanales y con la vista abierta al mar, el puerto y las casas bordadas en la piedra.

Nuestra camarera, argentina, simpática y eficaz, nos introdujo en la elección del menú degustación. Elegí un champagne Fidèle (Vouette & Sorbee) para los primeros pasos: las tapas, bombones de remolacha, pescado (el espinazo, con espuma de limón y flores del jardín) y macarrón con morcilla y manzana. Simplemente delicioso todo.

Luego siguieron otras tapas: unos conitos de una verdura que es mezcla entre el nabo y el salsifí, rellena de crema de perejil, creo que podría morir comiendo esto. Piel de pollo crocante rellena con foie y grisines, y un caldo de pollo frío y gelatinizado, que quizá no me impactó tanto en el momento; creo que por el término “caldo” la cabeza espera otra cosa. Ahora algunos días después, lo pienso y es un gol (por eso preferí procesar y repensar).

El primer paso fue ostra grillada, crema de echalots, declinación de pera williams. ¡Tremendo!

Segundo paso: ensalada de espárragos, con pomelo, crema de yogur y miel d’acacia. La crocantez de los espárragos armonizados con el pomelo van a quedar en mi memoria. A partir de aquí seguimos con un un blend de provence, Chateau Grand Boise, 2015.

El tercer paso es merluza, crema al ajo negro y puerro; y el cuarto, pato, curry verde y apio de la huerta. ¡Los dos muy buenos y riquísimos!

Luego de este paso aparece el carro de los quesos, un paraíso de exponentes de leche de vaca, de cabra de oveja, de distintas regiones. Optamos por tres, entre ellos un reblochon que dudo vuelva a encontrar.

El quinto paso es el pre postre: queso blanco de oveja, granizado de perejil; simplemente fantástico. El sexto paso es el postre: naranjo en flor, azafrán St Joseph de Sospel, espuma de almendras y sorbete de naranja; todo muy fresco y sutil.

Luego vinieron los pastelitos y el café, con sus particulares palitos-cucharas de cristales de azúcar para endulzar.

Si bien despojado de cualquier ostentación, el lugar es bellísimo por el marco del paisaje. La música ambiente es perfecta: está ahí, acaricia, solo acaricia, nunca molesta, jamás interrumpe.

Nadie se va de Mirazur con las manos vacías: a todos se les obsequia una cajita con mini gateaux de obsequio y el menú degustado ese día, fechado y encarpetado para el recuerdo. Después de la comida recorrimos el jardín aterrazado, los limoneros con sus azahares perfumando la tarde y las flores que vi en los platos coloreando el escenario.

Mauro Colagreco está en el lugar que debe estar, es sencillamente un genio que hace de la restauración una experiencia basada en la humildad de los productos de estación tamizada con la técnica y la pasión. Es un gran chef, que definitivamente trasciende a través de su equipo, de diversas nacionalidades, cálido y amable, descontracturado pero de maneras perfectas.

Desandamos el camino ahora en bajada a la estación, subimos al tren en silencio, volvimos a ver paisajes que se nos descubrían en el camino de vuelta y llegamos a Niza. La sonrisa de satisfacción no se nos borrará fácilmente.

Valeria Acin
Mamá de 4 genios. Abuela de Cala. Regional Key Account Manager en Restorando.